El dragón negro.
Desde esa noche, el sueño no se apartó de él. Incluso despierto, en los ratos de relajación, el recuerdo del imaginario dragón negro le asaltaba.
(...) Sadjar Ibn Jaäd abrió los ojos y se frotó el cuerpo dolorido. En la dura tierra no había hierbas que hubieran podido amortiguar la caída. Incluso se sintió afortunado por haber esquivado los numerosos matojos de espinas secas que abundaban en el volcán. Miró hacia arriba en busca de la cuerda y la vió, colgada fuera de su alcance, una docena de metros más arriba: tendría que trepar para salir. De todas formas eso sería un problema para resolver más tarde.
Cruzó el cráter y empezó a descender por el enorme túnel. La roca, caliente, mantenía las formas curvas de la lava líquida y dificultaba el descenso, sin embargo, en las zonas más estrechas y complicadas las paredes estaban brutalmente golpeadas y agrietadas por una razón que en ese momento no logró recordar.
Minutos más tarde llegó al fondo. El calor era insoportable y el aire, denso y viciado, no parecía querer ser respirado. Sadjar oía como hilos de gas y vapor se filtraban entre las rocas. Humedeció un pañuelo con el agua del odre y se cubrió la boca y la nariz; se puso los guantes y avanzó...
...avanzó pocos pasos antes de que un estrépito a su espalda le sobresaltara. Podía ser sólo un desprendimiento, pero no lo era. Era el resultado de nuevas fisuras causadas por algo no lo suficientemente pequeño como para pasar con holgura por el ancho túnel. Algo cuya respiración recordaba vagamente a los hilillos de gas, pero esta vez, convertidos en grandes chorros de un hedor insoportable.
El elfo todavía no había visto lo que descendía por el cráter, pero el pánico se adueñó de él al comprender que sus visiones eran ahora realidad. El dragón de sus sueños existía y era lo que había guiado sus pasos hasta el volcán. La presencia de la enorme bestia hizo encajar todas las piezas y le ayudó a comprender por qué la gruta le era tan familiar. Llevaba años soñando con ella, pero no la recordaba porque el dragón le ocupaba la mente y eclipsaba todos los demás recuerdos sobre el sueño.
Desenfundó su alfanje y se concentró para despertar todo el poder mágico del arma. Necesito pensar en Varda para tranquilizarse porque su respiración se había acelerado y la adrenalina pugnaba por reventarle el corazón. Apoyó la espalda contra la pared, se acercó hasta la curva de la cueva, donde desembocaba el túnel vertical, y enarboló el poderoso alfanje. Sólo tendría una posibilidad: sorprenderle. Su enorme cabeza asomaría pronto por el recodo... La aparente calma, sólo interrumpida por el lento descender de la bestia, se interrumpió de repente. Oyó una impresionante inspiración demasiado cerca. Tan cerca que también escuchó el sonido de la saliva hirviendo en las fauces del dragón. Y antes de poder atacar o refugiarse, la duda dio tiempo para que un fogonazo impresionante le cegara a la vez que una fuerza sobrenatural le levantaba del suelo y le arrojaba contra las rocas, envuelto en llamas. Sintió calor cuando sus ropas ardieron y quedó desprotegido cuando su arma y su escudo, como si estuvieran vivos, salieron despedidos lejos de sus manos. Cuando la embestida del aliento de fuego cedió, Sadjar Ibn Jaäd, el elfo Noldo, cayó al suelo ciego, aturdido y con la piel chamuscada.
Antes de morir escuchó una voz tan profunda como la noche que le decía...
"Pensé que necesitarías luz para luchar contra mí..."
(...) Y mientras moría despertó de nuevo.
(...) Sadjar Ibn Jaäd abrió los ojos y se frotó el cuerpo dolorido. En la dura tierra no había hierbas que hubieran podido amortiguar la caída. Incluso se sintió afortunado por haber esquivado los numerosos matojos de espinas secas que abundaban en el volcán. Miró hacia arriba en busca de la cuerda y la vió, colgada fuera de su alcance, una docena de metros más arriba: tendría que trepar para salir. De todas formas eso sería un problema para resolver más tarde.
Cruzó el cráter y empezó a descender por el enorme túnel. La roca, caliente, mantenía las formas curvas de la lava líquida y dificultaba el descenso, sin embargo, en las zonas más estrechas y complicadas las paredes estaban brutalmente golpeadas y agrietadas por una razón que en ese momento no logró recordar.
Minutos más tarde llegó al fondo. El calor era insoportable y el aire, denso y viciado, no parecía querer ser respirado. Sadjar oía como hilos de gas y vapor se filtraban entre las rocas. Humedeció un pañuelo con el agua del odre y se cubrió la boca y la nariz; se puso los guantes y avanzó...
...avanzó pocos pasos antes de que un estrépito a su espalda le sobresaltara. Podía ser sólo un desprendimiento, pero no lo era. Era el resultado de nuevas fisuras causadas por algo no lo suficientemente pequeño como para pasar con holgura por el ancho túnel. Algo cuya respiración recordaba vagamente a los hilillos de gas, pero esta vez, convertidos en grandes chorros de un hedor insoportable.
El elfo todavía no había visto lo que descendía por el cráter, pero el pánico se adueñó de él al comprender que sus visiones eran ahora realidad. El dragón de sus sueños existía y era lo que había guiado sus pasos hasta el volcán. La presencia de la enorme bestia hizo encajar todas las piezas y le ayudó a comprender por qué la gruta le era tan familiar. Llevaba años soñando con ella, pero no la recordaba porque el dragón le ocupaba la mente y eclipsaba todos los demás recuerdos sobre el sueño.
Desenfundó su alfanje y se concentró para despertar todo el poder mágico del arma. Necesito pensar en Varda para tranquilizarse porque su respiración se había acelerado y la adrenalina pugnaba por reventarle el corazón. Apoyó la espalda contra la pared, se acercó hasta la curva de la cueva, donde desembocaba el túnel vertical, y enarboló el poderoso alfanje. Sólo tendría una posibilidad: sorprenderle. Su enorme cabeza asomaría pronto por el recodo... La aparente calma, sólo interrumpida por el lento descender de la bestia, se interrumpió de repente. Oyó una impresionante inspiración demasiado cerca. Tan cerca que también escuchó el sonido de la saliva hirviendo en las fauces del dragón. Y antes de poder atacar o refugiarse, la duda dio tiempo para que un fogonazo impresionante le cegara a la vez que una fuerza sobrenatural le levantaba del suelo y le arrojaba contra las rocas, envuelto en llamas. Sintió calor cuando sus ropas ardieron y quedó desprotegido cuando su arma y su escudo, como si estuvieran vivos, salieron despedidos lejos de sus manos. Cuando la embestida del aliento de fuego cedió, Sadjar Ibn Jaäd, el elfo Noldo, cayó al suelo ciego, aturdido y con la piel chamuscada.
Antes de morir escuchó una voz tan profunda como la noche que le decía...
"Pensé que necesitarías luz para luchar contra mí..."
(...) Y mientras moría despertó de nuevo.
Etiquetas: dragón negro, historias, medieval, Sadjar Ibn Jaäd

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