La última batalla de Funakoshi
El recuerdo de la caída de Zaidock fue más fuerte que el miedo que aquel ente le inspiraba; con la idea de venganza como único objetivo Funakoshi empuñó a Tormento y sin pensarlo, avanzó hacia el tumulario.
El ser de las sombras adivinó con facilidad la magnitud del peligro... Aquel enano mostraba signos de múltiples batallas: los cuernos de alguna bestia desconocida en el yelmo, un collar hecho con las orejas de sus víctimas, una maza mata demonios... Pero lo más notable era la legendaria arma que empuñaba: Tormento de las Piedras, una de las "Grandes Antiguas". Sería el enemigo más peligroso con quien habría luchado jamás.
Ignoró al hobbit, al wose y al otro enano y concentró su ataque en el que le encaraba; sabía que una pequeña herida sería suficiente para acabar con cada uno de ellos puesto que confiaba en la magia maligna concentrada en el filo de su espada corta. El poco tiempo que su servidor, el Hechicero Muerto, lograse distraer a los demás sería suficiente. Sin embargo el enano no esperaba, defendiéndose, a que le ayudaran sino que atacaba con fuerza y destreza fuera de lo normal.
Saltaban chispas de los choques de las dos armas metálicas. La espada maldita del tumulario empezaba a mostrarse certera y las heridas que Funak abría en las carnes putrefactas de su enemigo con su maza legendaria parecían no afectarle.
A medida que pasaban los segundos y viendo que Tormento y el pequeño escudo de su enemigo paraban todos los golpes, el tumulario empezó a dudar de la victoria. Los conjuros no habían funcionado y parecía que las armas tampoco lo harían. Pero el miedo se trocó furia cuando el Hechicero Muerto cayó a causa de un golpe que le desencajó el cráneo y en la cara del enano se intuyó un atisbo de esperanza. Reaccionó inmediatamente. Reunió todas las fuerzas que tenía en este mundo e invocó los poderes de la noche para derrotar a la pequeña criatura que se le resistía. Gastaría todo su potencial en ese ataque, pero la victoria caería de su lado.
Y su negra espada, empujada por fuerzas que escapan a la comprensión, doblegó el brazo izquierdo del enano, ignoró el escudo y prosiguió su ruta imparable hacia el costado. El golpe fue certero, terrible. Las juntas de la coraza no aguantaron la brutal embestida y el arma maldita se abrió paso en la carne.
Funakoshi vió como la cara de Negu, el otro enano, se desencajaba tras la mandíbula demoníaca de su yelmo. Intentó ignorar el frío que se extendía por su pecho para seguir luchando, pero sus piernas ya habían fallado porque la muerte helada le vencía. Cayó lentamente al suelo. Y haciendo el esfuerzo más grande que jamás realizó, levantó a Tormento para acercársela a su amigo, mas no pudo articular palabra: El frío se había extendido hasta sus labios. La congelación cristalizó su mirada y ya no sintió más.
Lo último que pensó fue que no había logrado vengar a Zaidock y es que Funakoshi fue enano hasta el final.
Su tumba, piedra sobre piedra, fue instalada allí mismo una vez que la maldición del lugar fue disipada. Fueron necesarios varios días de duro trabajo para hundir el cañón y sellar la entrada, pero nadie sintió cansancio por ello.
Y si alguien, algún día, logra llegar hasta el pequeño valle, podrá leer en las dobles puertas de hierro y piedra el siguiente mensaje:
Aquí yace mi amigo, mi hermano, Funakoshi, el enano más grande. Aquel o aquello que intente profanar su tumba será perseguido hasta la muerte.
Negu Gorriak. Príncipe de las Profundidades.
El ser de las sombras adivinó con facilidad la magnitud del peligro... Aquel enano mostraba signos de múltiples batallas: los cuernos de alguna bestia desconocida en el yelmo, un collar hecho con las orejas de sus víctimas, una maza mata demonios... Pero lo más notable era la legendaria arma que empuñaba: Tormento de las Piedras, una de las "Grandes Antiguas". Sería el enemigo más peligroso con quien habría luchado jamás.
Ignoró al hobbit, al wose y al otro enano y concentró su ataque en el que le encaraba; sabía que una pequeña herida sería suficiente para acabar con cada uno de ellos puesto que confiaba en la magia maligna concentrada en el filo de su espada corta. El poco tiempo que su servidor, el Hechicero Muerto, lograse distraer a los demás sería suficiente. Sin embargo el enano no esperaba, defendiéndose, a que le ayudaran sino que atacaba con fuerza y destreza fuera de lo normal.
Saltaban chispas de los choques de las dos armas metálicas. La espada maldita del tumulario empezaba a mostrarse certera y las heridas que Funak abría en las carnes putrefactas de su enemigo con su maza legendaria parecían no afectarle.
A medida que pasaban los segundos y viendo que Tormento y el pequeño escudo de su enemigo paraban todos los golpes, el tumulario empezó a dudar de la victoria. Los conjuros no habían funcionado y parecía que las armas tampoco lo harían. Pero el miedo se trocó furia cuando el Hechicero Muerto cayó a causa de un golpe que le desencajó el cráneo y en la cara del enano se intuyó un atisbo de esperanza. Reaccionó inmediatamente. Reunió todas las fuerzas que tenía en este mundo e invocó los poderes de la noche para derrotar a la pequeña criatura que se le resistía. Gastaría todo su potencial en ese ataque, pero la victoria caería de su lado.
Y su negra espada, empujada por fuerzas que escapan a la comprensión, doblegó el brazo izquierdo del enano, ignoró el escudo y prosiguió su ruta imparable hacia el costado. El golpe fue certero, terrible. Las juntas de la coraza no aguantaron la brutal embestida y el arma maldita se abrió paso en la carne.
Funakoshi vió como la cara de Negu, el otro enano, se desencajaba tras la mandíbula demoníaca de su yelmo. Intentó ignorar el frío que se extendía por su pecho para seguir luchando, pero sus piernas ya habían fallado porque la muerte helada le vencía. Cayó lentamente al suelo. Y haciendo el esfuerzo más grande que jamás realizó, levantó a Tormento para acercársela a su amigo, mas no pudo articular palabra: El frío se había extendido hasta sus labios. La congelación cristalizó su mirada y ya no sintió más.
Lo último que pensó fue que no había logrado vengar a Zaidock y es que Funakoshi fue enano hasta el final.
Su tumba, piedra sobre piedra, fue instalada allí mismo una vez que la maldición del lugar fue disipada. Fueron necesarios varios días de duro trabajo para hundir el cañón y sellar la entrada, pero nadie sintió cansancio por ello.
Y si alguien, algún día, logra llegar hasta el pequeño valle, podrá leer en las dobles puertas de hierro y piedra el siguiente mensaje:
Aquí yace mi amigo, mi hermano, Funakoshi, el enano más grande. Aquel o aquello que intente profanar su tumba será perseguido hasta la muerte.
Negu Gorriak. Príncipe de las Profundidades.
