TMedia encuadernada

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Historias que he ido escribiendo con el paso del tiempo y espero seguir muchos años...

martes 23 de enero de 2007

El dragón negro.

Desde esa noche, el sueño no se apartó de él. Incluso despierto, en los ratos de relajación, el recuerdo del imaginario dragón negro le asaltaba.

(...) Sadjar Ibn Jaäd abrió los ojos y se frotó el cuerpo dolorido. En la dura tierra no había hierbas que hubieran podido amortiguar la caída. Incluso se sintió afortunado por haber esquivado los numerosos matojos de espinas secas que abundaban en el volcán. Miró hacia arriba en busca de la cuerda y la vió, colgada fuera de su alcance, una docena de metros más arriba: tendría que trepar para salir. De todas formas eso sería un problema para resolver más tarde.
Cruzó el cráter y empezó a descender por el enorme túnel. La roca, caliente, mantenía las formas curvas de la lava líquida y dificultaba el descenso, sin embargo, en las zonas más estrechas y complicadas las paredes estaban brutalmente golpeadas y agrietadas por una razón que en ese momento no logró recordar.
Minutos más tarde llegó al fondo. El calor era insoportable y el aire, denso y viciado, no parecía querer ser respirado. Sadjar oía como hilos de gas y vapor se filtraban entre las rocas. Humedeció un pañuelo con el agua del odre y se cubrió la boca y la nariz; se puso los guantes y avanzó...
...avanzó pocos pasos antes de que un estrépito a su espalda le sobresaltara. Podía ser sólo un desprendimiento, pero no lo era. Era el resultado de nuevas fisuras causadas por algo no lo suficientemente pequeño como para pasar con holgura por el ancho túnel. Algo cuya respiración recordaba vagamente a los hilillos de gas, pero esta vez, convertidos en grandes chorros de un hedor insoportable.
El elfo todavía no había visto lo que descendía por el cráter, pero el pánico se adueñó de él al comprender que sus visiones eran ahora realidad. El dragón de sus sueños existía y era lo que había guiado sus pasos hasta el volcán. La presencia de la enorme bestia hizo encajar todas las piezas y le ayudó a comprender por qué la gruta le era tan familiar. Llevaba años soñando con ella, pero no la recordaba porque el dragón le ocupaba la mente y eclipsaba todos los demás recuerdos sobre el sueño.
Desenfundó su alfanje y se concentró para despertar todo el poder mágico del arma. Necesito pensar en Varda para tranquilizarse porque su respiración se había acelerado y la adrenalina pugnaba por reventarle el corazón. Apoyó la espalda contra la pared, se acercó hasta la curva de la cueva, donde desembocaba el túnel vertical, y enarboló el poderoso alfanje. Sólo tendría una posibilidad: sorprenderle. Su enorme cabeza asomaría pronto por el recodo... La aparente calma, sólo interrumpida por el lento descender de la bestia, se interrumpió de repente. Oyó una impresionante inspiración demasiado cerca. Tan cerca que también escuchó el sonido de la saliva hirviendo en las fauces del dragón. Y antes de poder atacar o refugiarse, la duda dio tiempo para que un fogonazo impresionante le cegara a la vez que una fuerza sobrenatural le levantaba del suelo y le arrojaba contra las rocas, envuelto en llamas. Sintió calor cuando sus ropas ardieron y quedó desprotegido cuando su arma y su escudo, como si estuvieran vivos, salieron despedidos lejos de sus manos. Cuando la embestida del aliento de fuego cedió, Sadjar Ibn Jaäd, el elfo Noldo, cayó al suelo ciego, aturdido y con la piel chamuscada.
Antes de morir escuchó una voz tan profunda como la noche que le decía...
"Pensé que necesitarías luz para luchar contra mí..."

(...) Y mientras moría despertó de nuevo.

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La última batalla de Funakoshi

El recuerdo de la caída de Zaidock fue más fuerte que el miedo que aquel ente le inspiraba; con la idea de venganza como único objetivo Funakoshi empuñó a Tormento y sin pensarlo, avanzó hacia el tumulario.

El ser de las sombras adivinó con facilidad la magnitud del peligro... Aquel enano mostraba signos de múltiples batallas: los cuernos de alguna bestia desconocida en el yelmo, un collar hecho con las orejas de sus víctimas, una maza mata demonios... Pero lo más notable era la legendaria arma que empuñaba: Tormento de las Piedras, una de las "Grandes Antiguas". Sería el enemigo más peligroso con quien habría luchado jamás.

Ignoró al hobbit, al wose y al otro enano y concentró su ataque en el que le encaraba; sabía que una pequeña herida sería suficiente para acabar con cada uno de ellos puesto que confiaba en la magia maligna concentrada en el filo de su espada corta. El poco tiempo que su servidor, el Hechicero Muerto, lograse distraer a los demás sería suficiente. Sin embargo el enano no esperaba, defendiéndose, a que le ayudaran sino que atacaba con fuerza y destreza fuera de lo normal.

Saltaban chispas de los choques de las dos armas metálicas. La espada maldita del tumulario empezaba a mostrarse certera y las heridas que Funak abría en las carnes putrefactas de su enemigo con su maza legendaria parecían no afectarle.

A medida que pasaban los segundos y viendo que Tormento y el pequeño escudo de su enemigo paraban todos los golpes, el tumulario empezó a dudar de la victoria. Los conjuros no habían funcionado y parecía que las armas tampoco lo harían. Pero el miedo se trocó furia cuando el Hechicero Muerto cayó a causa de un golpe que le desencajó el cráneo y en la cara del enano se intuyó un atisbo de esperanza. Reaccionó inmediatamente. Reunió todas las fuerzas que tenía en este mundo e invocó los poderes de la noche para derrotar a la pequeña criatura que se le resistía. Gastaría todo su potencial en ese ataque, pero la victoria caería de su lado.

Y su negra espada, empujada por fuerzas que escapan a la comprensión, doblegó el brazo izquierdo del enano, ignoró el escudo y prosiguió su ruta imparable hacia el costado. El golpe fue certero, terrible. Las juntas de la coraza no aguantaron la brutal embestida y el arma maldita se abrió paso en la carne.

Funakoshi vió como la cara de Negu, el otro enano, se desencajaba tras la mandíbula demoníaca de su yelmo. Intentó ignorar el frío que se extendía por su pecho para seguir luchando, pero sus piernas ya habían fallado porque la muerte helada le vencía. Cayó lentamente al suelo. Y haciendo el esfuerzo más grande que jamás realizó, levantó a Tormento para acercársela a su amigo, mas no pudo articular palabra: El frío se había extendido hasta sus labios. La congelación cristalizó su mirada y ya no sintió más.

Lo último que pensó fue que no había logrado vengar a Zaidock y es que Funakoshi fue enano hasta el final.




Su tumba, piedra sobre piedra, fue instalada allí mismo una vez que la maldición del lugar fue disipada. Fueron necesarios varios días de duro trabajo para hundir el cañón y sellar la entrada, pero nadie sintió cansancio por ello.

Y si alguien, algún día, logra llegar hasta el pequeño valle, podrá leer en las dobles puertas de hierro y piedra el siguiente mensaje:
Aquí yace mi amigo, mi hermano, Funakoshi, el enano más grande. Aquel o aquello que intente profanar su tumba será perseguido hasta la muerte.

Negu Gorriak. Príncipe de las Profundidades.

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