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martes 23 de enero de 2007

Amigos

Cuando vio su nombre en el periódico, en la sección cultural, empezó a recordar. Aquel artista había sido su amigo más querido durante muchos años. El colegio, el instituto... Bajó el diario hasta las rodillas, se recostó contra el respaldo y cerró los ojos para ayudarse a pensar. Sabía que habían ido juntos a la primaria de tanto repetir que era su amigo más antiguo, pero no se acordaba de nada más. Hacía tantos años...

Volvió a mirar el artículo y centró su atención en la foto. Los años le habían tratado con crueldad. Tenía el aspecto de alguien quince o veinte años mayor, con su cabello largo blanco y sus profundas arrugas. Si no hubiera sido por el nombre, no lo habría reconocido.

Parecía mentira que se hubiera hecho pintor. El dibujo nunca se le había dado bien. Incluso aquella había sido la razón por la que estudiaron carreras diferentes. El ahora artista siempre había querido ser geólogo; tenía masters y doctorados en universidades tan renombradas como Harvard y había recibido no sé que mención especial por sus conclusiones sobre la depresión del Afar, en Africa oriental. Era extraño que un artículo tan extenso sobre la vida de su amigo no nombrara su base cultural o la influencia de sus viajes en su obra. En realidad, todos esos viajes de estudios y de investigación habían sido la causa de su separación.

¿Y qué habría sido de su mujer? Ella sí que era algo mística; más capaz de montar una exposición de cuadros de ese estilo. Pero él, tan científico, tan práctico y teórico...

Después de comer, cogió su sombrero y su bastón y salió a pasear por la avenida. No dejaba de pensar sobre lo pasajero de la vida. ¿Había cambiado tanto él como su amigo? ¿Había desmontado sus creencias y cambiado sus opiniones con la edad, tan radicalmente y a la vez tan sutil y lentamente que no se había dado cuenta? La única persona que se lo podría decir era su gran amigo el pintor.

Pensando en esto, llegó hasta el salón de exposiciones.

Aunque habían pasado treinta años, él ya había recuperado la amistad perdida y se veía capaz de abrazarle eludiendo todo ese tiempo de separación. Con el periódico bajo el brazo, cruzó el recibidor y el bar. No se fijó en los cuadros ni en la gente y avanzó hacia el artista. Su amigo le miró como uno más y siguió comentando algo con otro hombre que estaba con él. Inesperadamente, pero como algo natural, se despidió del otro con una caricia y un beso en la boca. Le dijo algo en un perfecto francés y se fue.

Había leído algo de homosexuales que se casan y tienen hijos porque cohibidos por la sociedad, inconscientemente se niegan a aceptar que lo son, pero ¿también su amigo?

Con ese beso comprendió que ya no era "su" amigo y que treinta años eran demasiado. No le siguió, ni se presento, ni miró los cuadros. Se marchó, pensativo, a casa.

Por la noche se lo contó todo a su mujer y después le preguntó si tanto puede cambiar la gente. Ella le contestó que no, que seguramente se había vuelto loco; el éxito y todas esas cosas.

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La vieja caja de madera.

En aquella bella caja de madera escondía sus más preciosos tesoros. Una diminuta muñeca de trapo, unos pendientes chapados en plata, una rosa seca, una lágrima de la enorme lámpara de la entrada del museo... Cuando metía algo en la caja dejaba de ser un objeto más. Ya no jugaría con la muñeca, ni se escaparía al molino de agua para ver reflejado el arco iris en la lágrima, ni se pondría los pendientes que le regaló aquel muchacho que venía de la capital para verla. Ya no disfrutaría con ellos porque, aunque no tenía ni once años, sabía que sólo en la caja seguirían teniendo valor. Se moría de ganas de esconderse en el molino de agua, sacar el pañuelo sucio que envolvía la lágrima y buscar los colores del sol. Pero tenía miedo de que algún día, los colores no despertaran la emoción que sintió cuando los vio por primera vez. Prefería sufrir las ganas de verlos, a arriesgarse a que la anterior hubiera sido también la última que le hiciera llorar. Cuando dejó el colegio y sus padres la internaron en un instituto de la ciudad no se olvidó de la caja. La miró unos segundos, con una sonrisa bondadosa, antes de meterla lentamente en la maleta y aunque estuvo tentada de abrirla, no lo hizo.
La caja pasó varios años olvidada en el fondo del armario de su habitación de universidad, no obstante cuando se graduó y se fue a Alemania viajó con ella. Llevaba años sin ver la muñeca de trapo, ni la rosa, ni los pendientes, ni la lágrima y aún así no los echaba de menos. Sabía que estaban allí y que, a lo mejor, algún día, de nuevo le hablarían.
Se casó y tuvo dos hijas preciosas que crecieron para ella y le robaron la vida. La caja también envejecía. Alguna vez, en alguna mudanza, o cuando cambiaron los muebles del dormitorio, había vuelto a sus manos como un recuerdo que te asalta sin saber la razón, pero, cada vez más, fue perdiendo importancia en sus pensamientos hasta que desapareció.
Las niñas también fueron a la escuela y a la universidad; también se casaron y tuvieron hijas. Su abuela pasaba por la vida con momentos de extrema felicidad: como el día que se reencontró con aquel muchacho que una vez le regalara los pendientes chapados en plata que tantos recuerdos habían guardado en un tiempo que ya había finalizado.
Cuando murió su marido, fue a pasar unos días al hogar que la vio crecer y para olvidar la tristeza del funeral se escapó al molino de agua. Ya no había ningún molino. En su lugar habían construido una presa para que los niños se bañaran en verano.
Sus nietas también crecían. Venían a jugar a su casa, con sus tios y sus primas y se quedaban todo el fin de semana, o las navidades. El día de reyes abrían allí sus regalos: multitud de juguetes, grandes y pequeños; y la abuela disfrutaba con sus risas y sus abrazos. A su nieta mayor el año pasado le regalaron una bellísima muñeca de porcelana. A la abuela le encantaba la muñeca, muchísimo más que aquella de trapo que tuvo una vez.
Y hoy por fin, ha llegado su día. Ha tenido una vida maravillosa, repleta de cariño. Todo lo que una persona puede desear. Pero la abuela no quiere marchar todavía porque siente que tiene algo empezado por resolver. Siempre guardó la caja sin atreverse a abrirla por miedo a no reproducir las impresiones que tan feliz la hicieron. Pero hoy quiere. Ha desordenado toda la casa buscandola y aunque sus hijas no lo pueden entender, la ayudan. De repente, recuerda donde la guardó y sube al desván.
Allí la encontraron, con una expresión de completa satisfacción en su rostro sin vida y una caja de madera vieja entre los brazos. Días más tarde, cuando intentaron abrirla, se rompió porque las bisagras y el pequeño candado se habían oxidado. Dentro encontraron los restos, gastados y carcomidos por la humedad, de lo que parecían ser una muñeca de trapo, una flor, unos pendientes y la lágrima de una lámpara. Como sus hijas pensaron, naturalmente, que lo que había tenido valor para su madre eran esos objetos viejos, la enterraron con ellos.

Y tiraron la vieja caja de madera.

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